9.10.16

206.

Hace casi un par de semanas que he vuelto. Estoy instalada de nuevo en el ritmo de mi día a día. Repito, de manera inconsciente, la misma coreografía que antes pero es posible que algo haya cambiado. La verdad es que no lo sé.

Y tampoco sé qué responder cada vez que me encuentro con alguien y me pregunta: '¿Qué tal en Japón? Impresionante, ¿no? ¡Habrás aprendido un montón de cosas! ¡Tendrás mil ideas para hacer piezas nuevas!'. No lo sé, en serio. Todavía no. Necesito reposarlo.

Sé que inicialmente fue un choque tremendo. Me acordé mucho de un consejo que me dio una amiga que pasó largas temporadas en Japón investigando sobre cerámica. Me dijo que era un país muy especial, que te atrapa, pero que poco tendría que ver lo que me había imaginado con lo que me encontraría al llegar y que, además, sería duro. En mi caso no lo definiría como duro, pero sí como una prueba. Pero también es cierto que llegó un momento en el que me pareció lo más normal del mundo estar allí. Muy contradictorio.

En cuanto a mi trabajo personal, la incógnita sobre lo que vendrá ahora es aún más grande. Si antes siempre decía que este oficio no entiende de prisas y que a veces los resultados se comienzan a ver pasados unos meses o, incluso, unos años, ahora me reafirmo todavía más. Yo estuve cinco semanas en Japón, es decir, un suspiro. Además, allí es como si el tiempo se rigiese por otras normas, como si su densidad y su peso fuesen otros... Dicen que los japoneses son ese tipo de personas que se forman a si mismas, paso a paso, con paciencia, que los atajos no existen para ellos. Es cierto, todo se centra en probar, caerse, levantarse y empezar de nuevo. Repetir. Otra vez, otra vez, otra vez. Hasta sentir que un día has alcanzado algo que no es más que una puerta hacia un reto que te hace iniciar un nuevo ciclo, otra vez.

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Un día visité una antigua casa tradicional que tenía un jardín interior el cual albergaba un viejo horno de leña en el que cocían cerámica. En un lateral, entre las piedras, había una fuente natural. Por una estrecha caña de bambú corría - rítmicamente - una gota de agua. En aquel lugar tan silencioso sólo se escuchaba eso, nada más. Las gotas caían en el interior de un enorme recipiente, hermosamente decorado en tonos rojos y verdes. Estaba totalmente lleno, contenía el agua de a saber cuántos días o semanas. Pero ésta parecía no desbordarse, apenas se apreciaba, era demasiado sutil. Entonces lo comprendí, cuando emprendes un camino no hay atajos: para llenar el recipiente hay que ir gota a gota siguiendo siempre el mismo ritmo, incesante. Hasta que sea lo único que sientas. Hasta completarte. Y, aquello que sea innecesario o accesorio, se desbordará, sutilmente.
























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